¿Estresado? Las señales que conviene detectar antes de llegar al límite

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El estrés laboral no siempre aparece como una gran crisis. Reconocer las primeras señales puede ser clave para evitar que la sobrecarga se vuelva sostenida y termine afectando el bienestar y el desempeño.

El último trimestre del año suele ser uno de los más demandantes del año. Es una gran maratón para llegar a las vacaciones, o al receso de las fiestas, sin pendientes. Con el descanso en el horizonte, muchas veces nos estresamos y casi no lo percibimos por estar en esa carrera constante.

Lo cierto es que es posible sufrir un burnout en cualquier momento del año, por eso es importante saber registrar las primeras señales de estrés, para poder accionar rápidamente y que el problema no escale.

Los motivo del estrés pueden ser muchos: una entrega que se acerca, varias reuniones en un mismo día, mensajes que llegan fuera del horario laboral, dificultades para desconectarse o la sensación de que siempre hay una tarea pendiente.

Ahora, cómo saber que alguna de estas situaciones desencadenó en un tema de salud mental. Pueden aparecer pequeños cambios de conducta: mayor dificultad para concentrarse, impaciencia, irritabilidad, problemas para dormir, cansancio permanente o incluso una menor capacidad para disfrutar de actividades que habitualmente generan bienestar.

Cada persona puede experimentar el estrés de manera diferente, pero prestar atención a los cambios respecto de cómo uno se siente habitualmente permite intervenir antes de que la situación se vuelva más difícil de manejar.

Todo parece urgente

Una de las señales más frecuentes es sentir que no existe espacio entre una obligación y otra. Se termina una tarea y ya hay otra esperando; se responde un mensaje mientras se participa de una reunión y, al mismo tiempo, se intenta avanzar con un pendiente.

Esta sensación de urgencia permanente puede llevar a confundir productividad con hacer cada vez más cosas al mismo tiempo. Sin embargo, cuando la atención está constantemente fragmentada, también aumenta la sensación de cansancio y puede resultar más difícil priorizar.

Ante esta situación, conviene detenerse y preguntarse: ¿qué es realmente urgente y qué puede esperar?

Escuchar al cuerpo

Dolores de cabeza, tensión muscular, alteraciones del sueño, cansancio o cambios en el apetito pueden ser señales de que algo está pasando. Es importante no naturalizar estas señales y observar si son persistentes en el tiempo; de ser así lo mejor es consultar con un especialista que pueda evaluar los pasos a seguir.

Un detalle importante: siempre lo mejor es prevenir los episodios de estrés, por eso lo mejor es incorporar prácticas como la pausa activa, espacios de distención, de meditación y de actividades que le sirvan a cada uno para reconectar consigo mismo.

También puede ayudar organizar la jornada de acuerdo con los niveles de energía, reservar momentos sin reuniones para concentrarse y evitar llenar cada minuto disponible con actividades.

Ya siento cansancio, qué hago

El primer paso es bajar la velocidad. Si una persona identifica que está más irritable, duerme peor, no logra concentrarse o siente que todo la supera, continuar funcionando exactamente de la misma manera no es la solución.

En este punto es bueno no solo detenerse, sino aprovechar estos momentos para preguntarse y replantearse la rutina: ¿es necesario tener una agenda tan cargada?, ¿qué tareas se pueden delegar?, ¿todo lo que hago tiene la misma prioridad?

En paralelo, las organizaciones también deben ser parte de la solución. Los equipos de liderazgo tienen un rol importante en la definición de prioridades, la distribución de cargas, la claridad de los objetivos y la construcción de culturas donde pedir ayuda no sea interpretado como falta de compromiso.

Poder hablar de la salud mental y acompañar a quienes están con un mayor agotamiento es también un modo de construir una cultura del bienestar.